Por lo general, los climas cálidos pueden ir muy bien con variedades tintas que se adaptan a tales condiciones como el syrah, el carmener, la cariñena, la garnacha, todas variedades de estilo mediterráneo que gustan de larga horas de sol y que necesitan el calor para lograr que su textura tanto como su aroma lleguen a un equilibrio.
Sin embargo, hay otras cepas tintas que no se llevan bien con el sol y el exceso de calor. El ejemplo más obvio es el pinot noir, cepa que todos sabemos gusta de situaciones más frescas. Otra también es el merlot y el cabernet franc. En un punto intermedio, podríamos decir, está el cabernet sauvignon. Aunque personalmente tiendo a preferir aquellos ejemplos de climas frescos (no fríos), hay excepciones en climas cálidos que a veces funcionan sin que el resultado embrutezca al vino, sin que lo llene de alcohol o deje su acidez por los suelos junto a aromas a ciruelas secas. Frescor cero.
Una de esas excepciones es, en ciertas ocasiones, Colchagua y también en ciertas ocasiones Bisquertt como es el caso de este estupendo , un tinto que si bien tiene fruta negra propia de su clima, también ofrece mucha fruta roja y especias, sobre un cuerpo potente, nervioso y súper concentrado, del tipo de vinos que no habría que tocar en, por lo menos, un par de años para sentir cómo esos taninos y esa madera se ensamblan con la potente carga fruta de este portento colchagüino, un vino que sin ser para nada sobre maduro o sobre extraído, ofrece fuerza y dureza para un buen asado de cordero al palo.