April
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Tomarse una botella del vino “Insignia”, de la casa Joseph Phelps, es como estar en una cama con un hombre que a una le guste más de la cuenta. Las mujeres frugales no debían mezclar esas dos fuentes de placer, porque es lo mismo que participar en una orgía.Sin embargo, las hay de ambiciones tumultuosas, con fantasías inconfesables, como la de tener sexo con dos hombres a la vez. Son muchas, aunque no conozco ninguna practicante de esas libidinosas quimeras, que afiebran las imaginación femenina, en noches solitarias con deleites de autoservicio.

A falta de temeridad para involucrarse en una aventura de esa naturaleza, las codiciosas pueden optar por un sucedáneo que, en fragores, bien supera la fantasía: un hombre que sea como un vino y un vino que sea como un hombre.

Los especialistas suelen describir las particularidades de los vinos de la forma más obtusa que han podido inventar. Dicen que tienen notas de hierbas, tabaco, maderas, café, chocolate, frutas, vegetales, flores, tierra, bla, bla.

Lo cierto es que los buenos vinos saben a hombre. Tienen los olores, los sabores, las personalidades, las pasiones y los caprichos, de esa exquisita parte de la humanidad, sin la que la vida sería un solo bostezo

El “Insignia”, uno de mis favoritos, complejo, con actitudes y estados de ánimo contradictorios, huele y sabe a esa categoría masculina que es el “macho”.

Tiene manos grandes y rudas y una textura igual a la de la parte más admirada de la anatomía de un hombre. Fuerte, inteligente, orgulloso y desafiante como un toro de lidia, no por ello deja de ser, a veces, tierno y tímido como un becerrito huérfano.

Ha trabajado la tierra y sabe ordeñar vacas. Juega con las cartas sobre la mesa y es brutalmente honesto. Basta con tomarse un sorbo para saber que no se trata de un muchacho. Embriaga, arrastra, acaricia, muerde. Entra. Descerraja los gemidos, saca chispas, incendia el bosque y él mismo busca el agua y lo apaga.

El Opus One, californiano magnífico es divino, mundano, sofisticado, calculador. Hermoso y cruel como un príncipe del imperio romano. Tiene un temperamento frío en exteriores, pero por debajo hierve el espíritu de un león. Es vanidoso. Vive pendiente de que los zapatos le combinen con la correa.

Ahora, el más tíguere de todos los vinos que yo he probado es uno barato. Si mal no recuerdo cuesta menos de 20 dólares. Se trata de un Rioja llamado Vallobera, el reserva de 1998. No ha ido a la escuela, pero ha vagabundeado mucho en esta vida y en el camino ha adquirido las destrezas de un arte arcano que se tiene en muy alta estima.

Experto en sexo oral, el vino cuenta con la sinuosa tersura de una lengua, la energía que hace de ese apéndice el músculo más fuerte del cuerpo humano y la inescrupulosidad necesaria para conducirlo de forma ejemplar.

Compite con otro tíguere también barato, (unos 20 dólares), el Carbernet regular, ni siquiera tiene que ser reserva, de Kendall-Jackson del año 2001. Delicioso, al margen de lo que puedan decir los que asocian muy rígidamente lo caro con lo bueno y los esnobistas que ofenden al vino bebiéndolo hacia fuera, sin escucharlo, como un asunto de estatus y no de placer.

Pero al César lo que es del César. El equipo de los vinos expertos en cunnilingus, está encabezado por los Protos, de la Ribera del Duero, en cualquiera de sus categorías. Un poco caros, pero ¡Ay! ¡Qué untuosa suavidad! ¡Qué torrente de seda! ¡Qué húmeda catarata de armonía en la piel!. Están hechos con las non plus ultra de las uvas españolas, las tempranillo y creo que son los únicos vinos de los que he leído una descripción que les hace justicia. Sólo son dos palabras: “aterciopelados y carnosos”. En este mundo solo hay una cosa más que se puede describir así.

El Cabernet Caymus selección especial, es como un hombre hablando muy bajito al oído y proponiendo todo tipo de impudicias. El reserva de Robert Mondavi es adorablemente depravado. Sabe lo que quiere pero disimula las prisas, aunque a la menor distracción, las manos y la boca se le extravían por los andurriales más recónditos.

El Petrus no se pueden mencionar si no es entre suspiros lujuriosos de la más absoluta claudicación ante la lascivia. Pero no me detendré a hablar de los franceses. No los conozco mucho, ni los conoceré demasiado, porque para adentrarse en ese despeñadero, lo primero que hay que hacer es hipotecar la casa.

El Merlot es un melancólico profesor universitario, un hombre sensible, al que se acude para ir a llorar a su pecho y con quien se acaba haciendo el amor muy cálida y dulcemente. No tiene las fabulosas manos ásperas del Cabernet. Las suyas son suaves y muy acogedoras. Es un vino de refugio para amantes despechados.

Me simpatizan los Malbec argentinos. Son atletas altaneros, hombres jóvenes, tipo potros salvajes. Tienen la encantadora costumbre de despilfarrar las pasiones, pero ese no es un defecto. Están justamente en la edad en que deben hacerse todos los despilfarros.

A los vinos hay que cuidarlos y mimarlos como si fueran penes, manejarlos con esmero para no se asusten ni se maltraten, al mismo tiempo que se les hace saber, con el mayor entusiasmo, todo lo que se les aprecia.

Son seres nobles y devuelven con creces los desvelos que se gastan en ellos. Aún los más humildes se desempeñan con dignidad si se toman en su momento, se les da cariño, se mantienen en la posición adecuada, a la temperatura recomendable, con la humedad que precisan y en las penumbras necesarias.

Cuidarlos es un arte que no es ni más fácil, ni más difícil que hacer el amor. Las técnicas son las mismas y los resultados iguales.

Cogen mucha cuerda cuando se les destapa y alguien se pone a olerles el corcho. Se sienten como si un perro les estuviera oliendo las nalgas. En el mundo entero no hay 100 gentes verdaderamente adiestradas para descifrar los misterios de una botella oliendo el corcho. Probablemente, usted no es una de ellas, así es que no se ponga a enculillar a su vino haciendo bulto encima de él.

El vino, como un hombre, tiene derechos humanos, alma, cuerpo, historia, magia y encanto.

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